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Día 10 XIX Domingo del Tiempo Ordinario |
Evangelio:
Mt 14, 22-23 Y enseguida Jesús mandó
a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran
a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y,
después de despedirla, subió al monte a orar a solas.
Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras
tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos ºestadios,
sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta
vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando
le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y
dijeron: |
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Oración y vida de oración |
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Nos quedamos tan sólo con los primeros versículos de estas palabras de san Mateo que hoy nos presenta la Iglesia, Nuestra Madre: oración perseverante de Cristo. De Jesús que, por su vida divina en el seno del Padre y el Espíritu Santo, no precisaba de especiales momentos siendo Dios para mantener un trato del todo íntimo con las otras dos Personas. Sin embargo, como hombre ante los hombres, desea que se le vea rezar. La oración, diálogo amoroso, contemplativo con Dios, se puede decir que constituye como el núcleo de la vida de Cristo. Todo momento de Jesús es manifestación en el mundo de los hombres de un inmenso amor divino. Y su mensaje evangélico, es decir, la noticia definitiva que vino a traer a este mundo de parte de Dios, viene a ser en sustancia que también nosotros podemos hacer oración. Por su vida, muerte y resurrección, se cumple, llegada la plenitud de los tiempos, según afirma san Pablo, el plan de amor ideado por Dios para el hombre desde el principio. Quiso Dios, en efecto, que entre todas las criaturas de este mundo, el hombre pudiera conocerle y amarle. Para que esto fuera posible creo Dios al hombre a su imagen y semejanza. Eso que llamamos dignidad humana consiste propiamente en la realidad inigualable de poder conocer y amar a Dios, que nos eleva así sobremanera por encima del resto de la creación. Hacer oración, hablar con Dios, mantener un trato personal con el Señor de cuanto existe: he aquí el fundamento de la grandeza y dignidad humanas. Parece, en todo caso, que la oración es el punto de partida y fundamento de la dimensión indescriptible en riqueza que el hombre posee. Todo lo mejor del hombre arranca de la oración, por cuanto en ella somos conscientes de nuestro valor y, a partir de la oración, resolvemos ser consecuentes, en el ejercicio de la libertad, con la gran verdad de la vida humana: que Dios nos espera en cada instante y por toda la eternidad. Quien no hace oración, por así decir, vive ajeno a sí mismo. La oración es fundamento porque Dios nos habló primero y, teniendo capacidad de escucharle y responderle asimismo por iniciativa divina reafirmamos la categoría personal cuando oramos y nuestra vida es la consecuencia de esa oración: un hombre vale, pues, lo que vale su oración. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí, manifiesta el Evangelista. Nadie le acompañaba. Pero ciertamente nunca un hombre está solo. Aunque pueda sentirse solo, aunque eche de menos a alguien, los seres humanos en todo momento si queremos podemos estar en relación con Dios: en Él vivimos, nos movemos y existimos, afirmará el Apóstol. Podemos, sin embargo, no darnos cuenta, según las circunstancias, o incluso ignorar esa proximidad inmediata divina de modo habitual, mientras Dios nos contempla como un Padre su hijo amado, pero Él siempre está ahí. Y Jesús quiere mostrarse, como perfecto hombre, rezando en múltiples ocasiones, según nos dicen los evangelistas. Reza de modo expreso y con toda naturalidad, como lo más razonable del mundo, en algunas circunstancias: ante sus apóstoles, con ocasión de acontecimientos más especiales, antes de algunos milagros, en oraciones de agradecimiento, de súplica, de alabanza al Padre, intercediendo por los hombres y finalmente ofreciendo con toda confianza su vida. Los Apóstoles comprendieron bien la necesidad de la oración y piden a Jesús que les enseñe. Orad así, les dice: Padre
nuestro, que estás en los cielos, ¿No?...
¿Porque no has tenido tiempo?... Tienes tiempo. Además,
¿qué obras serán las tuyas, si no las has meditado
en la presencia del Señor, para ordenarlas? Sin esa conversación
con Dios, ¿cómo acabarás con perfección
la labor de la jornada?... Mira, es como si alegaras que te falta
tiempo para estudiar, porque estás muy ocupado en explicar unas
lecciones... Sin estudio, no se puede dar una buena clase. Podemos acudir a san Josemaría, autor de esas palabras, para que nos enseñe a no olvidar en medio de nuestros muchos quehaceres que lo nuestro es Dios y, consecuentemente, la oración o trato con Él. La presencia, en el corazón y en la mente, de nuestra Madre del Cielo nos garantiza el trato con Dios y que pondremos los medios para que sea más intenso de día en día. |
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