|
|
|
La
Aventura de la Biblia (Libro + Juego)
|
|
|
|
|
|
|
|
La
larga lectura de la Pasión del Señor según san
Juan es ocasión inmejorable para meditar en la maldad humana
y en la bondad divina. Es ocasión, al mismo tiempo, para alentar
más aún nuestra gratitud, reconociendo la misericordia
sin límite de Dios con el hombre. La meditación pausada
de las escenas "cumbre" de nuestra Redención nos debe remitir
a la vida cotidiana del hombre de este siglo y de siempre: a la vida
personal de cada uno. Los pecados de los que condujeron a Cristo a la
muerte, por exagerado que parezca decirlo, se parecen a los nuestros;
y el amor de Dios que se entrega perdonando es también siempre
actual.
No
podemos detenernos ahora en todas las ofensas de traición, cobardía,
orgullo, falsedad, violencia, crueldad, desprecio, etc. de la maldad
humana que, porque Cristo no
hizo alarde de su condición divina
según la expresión de san Pablo, le ocasionaron
la muerte. Son las mismas que tantas veces ahora nos llevan a pecar.
¿Acaso no caemos en la pereza como los discípulos que se
durmieron; en la cobardía y los repetos humanos como Pedro, Príncipe
de los Apóstoles; no queremos quedar bien con todos como Pilato;
no nos burlamos a veces irónicamente de algunos, como los que
apresaron a Jesús, en aquella parodia de juicio y más
tarde soldados; acaso no nos engañamos a nosotros mismos y engañamos
a otros, para disculpar nuestros errores, como se engañaban y
engañaron los que mintiendo acusaron a Cristo? Y así bien
lo sabemos podríamos continuar.
¡Qué
bueno es contemplar la Pasión de Nuestro Señor para tener
verdadero dolor de los pecados...! No son, sin embargo, las ofensas
que Cristo recibió lo más relevante de la Pasión.
Mucho más trascendente que acción humana alguna es la
correspondencia divina a la ofensa de la criatura, en la que se nos
muestra hasta qué punto ha querido Dios valorar al hombre: pues
tanto amó
Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo
el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna.
Dios nos quiere y, conocedor de que le perdemos al pecar y solos no
podemos volver a Él en Quien está nuestro bien completo,
se pone de nuevo al alcance de cada uno, después de reparar el
pecado. Para ello se hace hombre.
Se
pone a nuestro alcance, quedándose en el mundo realmente presente
en los sacramentos, que son otro fruto de la Cruz. Cuando los recibe
dignamente, el hombre se llena de Gracia, que es participar de la misma
divinidad: del Bautismo a la Unción de los Enfermos, los siete
sacramentos son cauces instituídos por Jesucristo para infundirnos
eficazmente la vida divina. En la Eucaristía, memorial de la
Pasión, el cristiano se alimenta del cuerpo, sangre, alma y divinidad
del Señor: comemos al mismo Dios. Hasta tal punto necesita el
hombre este alimento y de tal modo es el sentido y razón de ser
de su vida la vida de Dios, que si
no coméis de la carne del Hijo del Hombre y no bebéis
su Sangre, no tenéis vida en vosotros,
nos dice el propio Cristo.
En
este día, cuando la Iglesia contempla a Jesús muerto en
la Cruz, cuando los fieles adoramos esa Cruz redentora y procuramos
amarla más porque está en Ella nuestra salvación,
fomentemos desde nuestro interior sinceramente y con fuerza
afectos de agradecimiento, deseos de correspondencia; propósitos
concretos de mejora para que por nosotros no quede sin sentido tanto
amor, tanta riqueza generosamente derramada. Pedimos, por tanto, al
Señor que nos aumente la fe: para
que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida
eterna, nos ha dicho. Y
en este día le pedimos fe en su Cruz, y en la que a cada uno
le corresponde y e incorpora a su vida, si quiere vivir dignamente en
su presencia en medio de los afanes de un mundo que tantas veces ignora
a Dios.
No
está de moda la Cruz. Lo que cuesta, a ser posible se evita.
Entusiasman en cambio los planes fáciles y agradables llenos
de amor propio, aunque estén vacíos de fruto: de
un bien verdaderamente enriquecedor. La Madre de Dios, mientras la mayoría
se burlan de su Hijo o simplemente no se enteran..., permanece junto
a la Cruz sufriendo, pero fiel por consolar al Hijo. Allí recibe
obediente el encargo de ser nuestra Madre. No queramos aumentar su dolor.
|