Día 20 II Domingo del Tiempo Ordinario

        Evangelio: Jn 2, 1-11: Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo:
        —No tienen vino.
        Jesús le respondió:
        —Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.
        Dijo su madre a los sirvientes:
        —Haced lo que él os diga.
        Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo:
        —Llenad de agua las tinajas.
        Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo:
        —Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala.
        Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía -aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían- llamó al esposo y le dijo:
        —Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora.
        Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

La alegría de pensar en los demás

La Virgen de Fátima
AA.VV.

        Vemos a María, a Jesús y a sus discípulos en medio del mundo, participando en un acontecimiento familiar y social festivo: se alegran los novios, se alegran las familias y hacen disfrutar de su alegría a amigos y conocidos; entre ellos la familia de Jesús. Nos resulta de lo más lógico que la vida con el Señor sea alegre. La posesión del bien no produce tristeza sino alegría, y Jesús es el mismo Bien. De ahí que una vida con Dios, por corriente que sea, incluso con insatisfacciones, como sucede de ordinario de vez en cuando, es una vida siempre feliz; debe serlo, si verdaderamente es una vida con Dios.

        Contemplando la escena de Caná que relata san Juan, observamos a la Virgen que ha descubierto que faltará el vino. Lo notaría, quizá sin querer, por alguna circunstancia que no conocemos. Pero sabiéndolo, y haciéndose cargo del trastorno que supondría para los novios, no permanece indiferente. A la Virgen le importan los demás. De alguna manera, lo de cada uno es también cosa suya: se alegra por lo bueno y lo alienta para mayor felicidad de sus hijos los hombres; mientras que por lo malo, por lo negativo que nos hace daño, se apena como Madre que sólo nos desea lo mejor. Confiemos, por tanto en María. Pongamos a su cuidado y gobierno nuestras inquietudes, los planes pequeños de cada día y, cómo no, las grandes empresas, que en ocasiones promovemos con tanta ilusión como quizás con temor de no triunfar.

        Pero volvamos a Caná: no son obstáculo ni el ruido, ni la fiesta, ni la mucha gente reunida, para pensar en los demás y agradar a Dios; para desear prestar un servicio. Es necesario, eso sí, estar dispuesto a olvidarse de uno mismo y desear de verdad que los otros sean felices. Todo es tener a Dios en el alma y fomentar un coloquio –quizá sin palabras– con Él, que lleve a amarle con obras en los demás. Se necesita olvido de sí; que más que por un propósito expreso de no pensar en uno mismo, se logra con el intento renovado de fijarse en los que nos rodean, para captar lo que necesitan; pues en ellos hay, además, una permanente ocasión de amar a Dios. Ha querido Dios que seamos cauce de su amor en el mundo. María, pues, al notar que faltaba el vino, supo descubrir una oportunidad de agradar a Dios, mientras solucionaba el problema de unos recién casados.

        La actitud de la Virgen fue la que veremos en Jesús durante los años de su vida pública. En ningún momento decide algo el Señor porque le interese para sí. Nunca es su gusto el motor de sus decisiones. Son la gente que le pide, o que sin pedirle está necesitada, como cuando le siguen muchedumbres durante días y no tienen alimento; o cuando se pone a enseñarles porque las ve maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Así actuó también María, y cada uno queremos imitar su solicitud por el prójimo, viendo, como Ella, en cada oportunidad de ayudar a otro, una ocasión para amar a Dios.

        En la vida de todos los días –de permanente relación con otros hombres, semejantes a nosotros y, por tanto, con buenas cualidades pero también con algunos defectos– encontramos casi siempre, junto a momentos gratos, otros que nos resultan molestos o más trabajosos, por los errores y defectos de los demás. ¡Que no sean nunca algo sólo negativo! Pueden, de hecho, convertirse en espléndidas ocasiones de superación personal, con las que además procuramos ayudar. "Esto no es un problema, es un reto", me decía un amigo optimista. Y es que, también humanamente, es más admirable resolver dificultades, con la energía y el tesón precisos en cada caso, que acogotarse por lo que cuesta o porque hay que contar con los otros y tienen defectos.

        La vida del Señor y la de su Madre fueron, por así decir, un permanente reto ante la miseria humana y el pecado. La maldad de los hombres es como un estímulo para el amor de Jesucristo y de la Santísima Virgen, Madre nuestra, que les lleva a entregarse por la humanidad, para sacarnos del triste destino al que nos llevarían nuestros pecados. Enfrentarse con el mal, con lo que es defectuoso, como es la falta de algo necesario: el vino en aquella boda, puede parecer empresa ardua. Con frecuencia además, lo que hay que mejorar depende de la libre voluntad e iniciativa del otro, no sólo de la buena voluntad de quien ayuda. Intentemos, en todo caso, por nuestra parte, agradar al Señor.

        No tienen vino..., y luego: Haced lo que Él os diga. He aquí la oración y el fundamento de su eficacia: confianza en el Señor, para manifestarle con toda claridad y sencillez cómo están las cosas; y más confianza, para llevar a cabo decididamente lo que sabemos que es su voluntad. Es la Madre de Dios quien nos lo enseña, y los sirvientes nos demuestran, siendo dóciles, que el poder de Dios actúa por manos humanas. Aprendamos lo uno y lo otro.

        Apoyándonos en el amor de nuestra Madre del Cielo, presentaremos ante Ella confiados nuestras súplicas. Es Madre nuestra y Madre de Dios. Y es verdadera Madre. Que necesariamente se desvive por sus hijos pequeños con toda su fuerza: la que recibe sin cesar de su Hijo Jesucristo.